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domingo, 23 de diciembre de 2012

De lo que escriben, escribo




Carla Guelfenbein
Alfaguara
27 páginas


Nadar desnudas es una novela sostenida en (sobre) dos 11 de septiembre: el lejano de 1973 y el recién de 2001. Y no por que dé cuenta, histórica, de las fechas, sino porque bordea las implicaciones humanas de quienes las vivieron como protagonistas.

“Cada uno es protagonista de la (su) historia” y “no hay más libertad que la decisión” serían, si el género lo permite, la dos tesis que sustenta. Sólo que la novela –como toda novela que se precie de serlo– no sustenta nada. Sólo exhibe a la manera de la descripción, y narra a la manera de la vida: sin más pretensión que ser ella misma.

Es la historia de dos amigas (Morgana y Sophíe) y su circunstancia. La historia de la amistad entre dos mujeres distintas que se encuentran en Santiago de Chile durante los años previos al golpe militar que pone fin al gobierno de Allende, momento en que también su amistad  se termina.

La circunstancia termina con todo rastro. Las vuelve lejanas, ejerce en ellas la distancia de la inevitabilidad.

La vida, no la historia, es circular, volvemos sobre las vivencias como en espiral, las rozamos. Recordar no es volver a vivir, es tener cerca de nosotros las experiencias, palparlas con la mente.  De ahí: fortaleza y vulnerabilidad.

Esta es la historia de Sophie, la artista. La mujer que “interviene” la memoria, no para hacerla otra, para volverla sensación. Y con esta memoria vuelve ya no tras de su amiga, sino de la hija de su amiga (Antonia) para comprobar que hay olvidos imposibles: el de la sangre, el del amor.

Y otra vez la libertad, y otra vez el amor, y otra vez el tiempo, y otra vez la memoria. Y todas sus contradicciones. Nadar desnudas es una novela donde se exorcizan los miedos, a la vez que invoca la esperanza de volver y reconciliarse.

Carla Guelfebein hace de Nadar desnudas no sólo la recreación de un testimonio sino la construcción de una pregunta que nos lleva de la piel (desnuda) a las sensaciones de la experiencia del descubrirse.

domingo, 25 de noviembre de 2012

De lo que escriben, escribo



Grandes maniobras en miniatura
Eduardo Casar
Biblioteca Mexiquense del Bicentenario



Eduardo Casar construye un artefacto lingüístico digno del mejor Mallarmé. Un artefacto que, endodérmica o exodérmicamente, reacciona. Con la paciencia del poeta artesano (arte sano este de la poesía) pule y descubre y se alegra de su labor.

La frase, por así decirlo, se disloca. Que digo se disloca, se disuelve. La frase se disuelve en otra. Transustanciación, transnominación. La palabra es el nombre de sí misma y de otra y de otra. Es ella y es otra, se aleja de su significado y va, lentamente, redimensionándose.

Pero en Casar la obsesión no está en la palabra sino en la frase, la que comunica algo, la que dice, la que tiene sentido.

El significado juega con la palabra, la hace lúdica o filosófica, porque en  Casar el verso es hijo del otium. La sabiduría es un juego, la memoria virtud de los niños. También hay asombro de él mismo: saberse, constatarse.

Con qué barroquismo construye versos de amor y de un salto los rompe. Asistimos a la demolición de antiguas catedrales, lo curioso es que no miramos ruinas. Miramos fragmentos que caen bellamente, y dan otras figuras más bellas.

Muy pocos escritores contemporáneos tienen el oído de Eduardo Casar para irse deleitando con los accidentes del hablar (escribir) cotidiano. Y no sólo los descubre., los potencializa.

Con Grandes maniobras en miniatura es posible comprender a lúdico Aristóteles, dame una la palabra para mover al mundo, pero también a un alegre Juan Evangelista, y el verbo se hizo frase.

Grandes maniobras en miniatura es un joya, diminuta y valiosa, del lenguaje y de los valores del que se impregna.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Apuntes hacia ningún sitio




Qué es la violencia. Cuáles son sus límites. De qué modo nos afecta –si es que realmente nos afecta.  
Violencia es en sí una palabra escandalosa, con sonoridad de quiebre. Pronunciar violencia es rasgar, romper, quebrar el aire de las palabras.
El diccionario de la lengua española  (RAE) da cuatro acepciones.
violencia.
(Del lat. violentĭa).
1. f. Cualidad de violento.
2. f. Acción y efecto de violentar o violentarse.
3. f. Acción violenta o contra el natural modo de proceder.
4. f. Acción de violar a una mujer.

Todas ellas confusas, vacías, demasiado amplias.  En cambio para el adjetivo violento se anotan ocho acepciones.

violento, ta.
(Del lat. violentus).
1. adj. Que está fuera de su natural estado, situación o modo.
2. adj. Que obra con ímpetu y fuerza.
3. adj. Que se hace bruscamente, con ímpetu e intensidad extraordinarias.
4. adj. Que se hace contra el gusto de uno mismo, por ciertos respetos y consideraciones.
5. adj. Se dice del genio arrebatado e impetuoso y que se deja llevar fácilmente de la ira.
6. adj. Dicho del sentido o interpretación que se da a lo dicho o escrito: Falso, torcido, fuera de lo natural.
7. adj. Que se ejecuta contra el modo regular o fuera de razón y justicia.
8. adj. Se dice de la situación embarazosa en que se halla alguien

De las cuales se desprenden características puntuales: estar fuera de un estado, obrar con fuerza, ir en contra del gusto. Remarco la última cualidad por implicar cierta visión estética, haciendo hincapié en que hablamos del gusto de sí, como toda subjetividad estética. Escribir subjetividad estética es hiperbólico.

He pensado en la violencia como actitud estética puesto que ahora abundan (pululan, sin exagerar) las estéticas de la violencia. Cosa nada nueva. Desde el inicio de las representaciones gráficas y orales, la violencia ha matizado la realidad representada. Lo nuevo es, en algunos de los casos, la morbosa disposición a exaltarla.

Si por estética de la violencia se entiende la ferocidad adjetivante de lo cruel, el intento es inútil. Es, la búsqueda de un título grandilocuente a la perversa y limitada imaginación y potencialidad de quien crea.

Una verdadera estética de la violencia debería (sin pontificar) revalorar la complejidad de las realidades humanas en la cotidianeidad proponiendo valores que permitan entender y delimitar aquello que de estético pueda tener la violencia.

Ahora que escribo, me doy cuenta la poesía (contrario a lo que se piense) está fuera de estas corrientes. La poesía es el territorio del yo y la violencia se entiende como una acción contra los otros. Escribirla con esta pretensión seria dejar de hacer poesía (lo que sucede en muchos de los casos). Acaso, se pueda aspirar a construir una poesía sádica, pero no estructuralmente violenta.

La violencia como actitud estética tramposamente se realiza en los otros.


Si la violencia ya no es capaz de trastocarnos, de descolocarnos de nuestro status de comodidad, es necesario replantear nuestra situación frente a ella.
Algunos dirán que la palabra se desgasta, deja de significar. En el caso de violencia, me parece que es legítimo pensar que las moralidades se transforman. Y pensar de nuevo la moralidad.

domingo, 4 de noviembre de 2012

De lo que escriben, escribo


El último tango de Salvador Allende
Plaza  & Janés
375 páginas


El último tango de Salvador Allende es una novela escrita desde la conciencia, plena, de los alcances de la literatura: su potencialidad, sus limitaciones. Es una narración íntima, intensa, de la vida de hombres ordinarios, y de un país, desde la cotidianeidad. Son tres historias, que no sólo se cruzan en determinado punto, sino que se sobreponen en la memoria. Se mezclan, se enriquecen, se comunican.

También es la historia de los sueños y los fracasos, de las búsquedas, de las desilusiones: de un país, de unas personas.

Quizá el mayor mérito de Roberto Ampuero sea la decisión de abordar de un modo  aparentemente transversal un tema histórico, y con este alejamiento técnico aproximarse, sin miedo, a los acontecimientos. Construye un relato personal, a través del recuerdo, pero sin desconectarse de los hechos.

Es un ajuste de cuentas con la memoria: una muerte que obliga a buscar en el pasado. Los muertos nos reconcilian con la memoria, la que se niega por ignorancia o por miedo. Es la historia (o las historias: las minúsculas y la mayúscula) donde Roberto Ampuero se mueve con dominio, con precisión, con elegancia.

Un vistazo. La muerte de Victoria, obliga a su padre David Kurtz, a trasladarse a Chile, donde trabajó para la CIA, vuelve para convocar los recuerdos extraños, los de la hija, y descubre lo que nunca imaginó mediante el testimonio de un hombre, Rufino, cercano a Salvador Allende.

Con la meticulosa intensidad del relato policiaco, Roberto Ampuero vuelve sobre los últimos días de Salvador Allende y aporta una visión personal, nacida de la admiración y la sinceridad literaria construyendo una novela apasionada que nos lleva por los vericuetos de política y el amor, del olvido.

Y la música, a la manera de anticipación de las emociones, enmarca esta historia singular. Desde Iron Butterfly hasta John Lennon. De José María Contursi a Enrique Santos Discépolo. Tangos y otros ritmos dando cuenta de una época que no puede atraparse con las manos y que sólo los dedos del escritor pueden hacernos sentir.


Si en  Nuestros años verde olivo, Roberto Ampuero logra plasmar la vivencia, en El útimo tango de Salvador Allende la trasciende.  La ficción se hace más real en la medida que se  ficciona, pero también el testimonio real se vuelve ficción. Entre los lindes del dato y la ficción habita la escritura de Roberto Ampuero. Ingenio y vivacidad, destreza narrativa, pero sobre todo la necesidad de contar las cosas, no como son, sino como se recuerdan (aunque se recuerden como son).